Nuestra Fe en sus manos

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Darán las doce. En unas horas daremos comienzo a un nuevo año. Dejaremos atrás doce meses cargados de momentos vividos, los cuáles muchos de ellos, quedarán guardados para siempre en nuestra memoria. Llega el principio de año, pero no es el comienzo de un mes cualquiera. Empezamos a andar 2015, doce meses por delante que, como todos, estarán llenos de una larga lista de propósitos, ilusiones y sueños por llevar a cabo.

Como cada uno de enero, repetimos ritual. Recibimos el nuevo año con la familia para acudir, horas después, a esa cita ineludible que tenemos con Él. Conde de Barajas, Cardenal Spínola, Eslava…el camino es lo de menos cuando todos confluyen en el mismo punto, allí dónde como diría Sánchez-Dalp, nos espera el Divino caminante de San Lorenzo”. Tras cruzar la puerta de la Basílica y adentrarnos en ese infinito pasillo, encontramos su mirada de calidez y cercanía, esa que nos transmite aquella paz que anhelamos para afrontar los planes e inquietudes que estarán por venir.

Nuestra Fe en sus manos, nuestra vida en su cruz. Porque como dijo aquél en el Maestranza “el Gran Poder cuando pasa, no pasa, siempre se queda, porque está en los corazones de todo aquél que le reza, de todo aquél que le mira”.

Y así pasan los primeros días del año, y así…llegamos al segundo encuentro inexcusable de este mes de enero, aunque en un escenario muy diferente.

Córdoba, Villegas, Entrecárceles, Cuna…y allí, alzando la mirada, la siempre majestuosa e imponente Colegial del Salvador, ocupando aquél lugar que siglos atrás albergara la antigua mezquita califal de Ibn Adabbas. El Dios que tallara Martínez Montañés, baja de su altar plateado para mantener ese encuentro casi preparado en vísperas de su Epifanía, con todos sus hijos. Como apuntara Carlos Herrera “Iremos a ver a Dios. A tratarle de tú. Eres, Señor de Pasión, la última esperanza de quiénes han llenado su vida de sueño fugitivos”.

Su mirada silente. Dirigiéndose hacia el que entró triunfal en Jerusalén a lomos de su borriquilla, rodeado de niños, de pureza, de inocencia, de ilusión.

Son esos niños, que caminan con sus capirotes blancos bajo un bosque de palmas hacia la ansiada rampa de los sueños. Porque, para que los sueños se hagan realidad, basta con soñar, como sueña un niño.

Carlos Iglesia, Estrella Carreño.

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