Soñando con lo vivido

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Yo, Fernando, Rey y Santo por la gracia del Altísimo y cautivo perpetuo de Sevilla en esa mi acristalada urna catedralicia, declaro que a la nocturnidad pretérita mi espíritu fue arrebatado por un soplo de incienso y memoria, y me vi —¡oh prodigio!— no en el yermo de los recuerdos, sino en la carne viva de la Semana Santa recién pasada, latiendo aún como si el tiempo, rendido a mis plantas, hubiese decidido detener su curso para mayor gloria de lo eterno.

Era Domingo de Ramos. Otra vez. Sí, otra vez.

Y la ciudad, el reino, mi amada Sevilla, amanecía vestida de palmas y de luz nueva, como doncella que se sabe contemplada por el cielo. Las campanas, con acento jubiloso, rompían el alba, y los naranjos —testigos mudos de tantas primaveras— ofrecían su perfume acidulado como tributo al misterio que comenzaba a desplegarse.

Vi, con estos ojuelos que la tierra ha de reclamar algún día, a las cofradías abrir sus portones como cofres de devoción antigua. La Borriquita avanzaba entre un pueblo que no miraba, sino que creía; y los niños, portadores de la inocencia más pura, agitaban sus palmas no como gesto, sino como promesa.

¡Cuán cierto era todo! ¡Cuán presente!

Sentí el roce leve de la cera en la madrugada, escuché el crujir de los pasos sobre el empedrado, y hasta el suspiro contenido de quien, tras un antifaz, dejaba escapar lágrimas que ni el anonimato podía ocultar. La ciudad entera era un templo sin muros, y cada esquina, un altar levantado al fervor.

Y yo caminaba… caminaba entre ellos, no como rey, sino como súbdito rendido ante la belleza.

Pasaron los días en un susurro de saetas y silencios. Vi al Señor cargar con el peso del mundo, a la Madre sostener el dolor con una entereza que desarma al entendimiento, y a los hombres —¡ay, los hombres!— convertirse en mejores versiones de sí mismos al compás de un paso que avanza.

Y todo era ahora.

Todo era presente.

No había pasado ni futuro, sino una eternidad contenida en cada instante.

Mas he aquí que, cuando el júbilo del Domingo de Resurrección comenzaba a despuntar en el horizonte de mi ensoñación, una sombra leve —casi imperceptible— se deslizó por entre las luces. Un temblor, un desajuste en la armonía perfecta… y comprendí, con dolor sereno, que aquello no era sino un regalo efímero, un eco de lo vivido.

Quise aferrarme.

Quise detenerme en la marcha, y detener la del tiempo, suplicar a los cielos que me concedieran un instante más, una chicotá eterna, un último acorde de corneta suspendido en el aire.

Pero el sueño, como la vida, no atiende a súplicas.

Desperté.

Y el silencio de mi estancia, despojado ya del incienso y de la música, me recibió con la crudeza de lo cierto. No había palmas ni pasos, ni bullas ni rezos en voz baja. Tan sólo la calma desnuda de un día cualquiera.

Mas no fue un despertar triste.

Antes bien, una paz profunda —de esas que solamente concede lo verdaderamente vivido— se aposentó en mi pecho. Porque supe, con certeza irrevocable, que no había sido ilusión vana, sino memoria encendida; no engaño del alma, sino testimonio de un gozo que, aunque pasado, jamás se extingue.

Y así, con el espíritu aún perfumado de azahar y eternidad, me alcé.

Pues aunque los ojos despierten, hay sueños que —por gracia divina— nunca terminan de irse.

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