Cuando la calle escucha 

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Hay cosas que en Sevilla se sueltan como si nada, como si la calle lo absorbiera todo y lo devolviera convertido en gracia. Y a veces es así. Y otras veces no.

Lo de Montesión en la calle Laraña ha hecho lo que hacen estas cosas hoy en día: volar. Un vídeo, una frase, una levantá y en cuestión de minutos ya estaba cada uno con su versión, su lectura y su veredicto.

La frase de Manolo Vizcaya ha corrido más que una cofradía con un retraso apretao. Y eso, en esta época, ya casi es norma. Pero que sea norma no significa que sea irrelevante.

Porque aquí no estamos hablando de una conversación privada ni de una ocurrencia en la esquina del Vizcaíno. Estamos hablando de un momento muy concreto, delante de un paso, con una banda sonando, con una cofradía en la calle y con mucha gente mirando y escuchando.

Y en ese contexto, queridos míos, las palabras pesan más.

No voy a hacer sangre con esto. Ni me interesa ni creo que aporte nada. A Manolo Vizcaya lo conoce todo el que está metido en este mundo. Sabe perfectamente lo que es estar al frente de un paso, lo que es decidir cosas en caliente y lo que es tener la calle encima y también sabe que hay días en los que una frase no cae donde uno cree Pero precisamente por eso, porque sabe de esto, creo que también se puede decir otra cosa sin problema: no era el sitio.

Y no lo era no por el contenido en sí, que incluso en otro contexto podría haberse quedado en una simple guasa, sino por el lugar y el momento. Eso lo cambia todo.

El repertorio que llevaba la Virgen del Rosario no es un repertorio improvisado ni deslavazado. Está trabajado, con una intención clara de combinar registros. Ahí estaban marchas como “Como tú, ninguna”, “Rosario de Montesión”, “Coronación” de Marvizón o Virgen de la Estrella” de Gámez Laserna. Marchas de corte alegre, con ese punto luminoso que siempre ha tenido esta cofradía y al mismo tiempo, como ocurre en tantas hermandades, también había espacio para el contrapunto más serio. Sonó “Jerusalén”, “Margot”, “Virgen del Valle” o “Amarguras”. Porque esto no va de blanco o negro, sino de matices y quién quiera reducirlo a una etiqueta rápida se queda corto.

Por eso, cuando se suelta una frase así en mitad de ese contexto, lo que chirría no es el repertorio ni el trabajo previo, es el comentario sobre él y sobre todo el momento en el que se dice.

En Sevilla el diputado de banda no es una figura decorativa sin más. Pongamos en valor a la persona que trabaja mano a mano con la música que acompaña al paso y ahí, guste más o guste menos lo que suene, hay un respeto mínimo que no es negociable. Y en esa frase ese respeto se desdibuja.

Dicho esto, también creo que estas cosas se resuelven mejor con otra actitud que con el ruido posterior. No pasa nada por decir “me he equivocado en el momento, no era el sitio”. Es más, en muchos casos eso desactiva cualquier polémica antes de que crezca y quizá de eso va todo esto al final. De entender que la guasa sevillana es parte de la calle, sí pero que incluso la guasa tiene su reloj.

No todo vale en cualquier segundo. Y eso, en una ciudad que vive tanto de lo que ocurre en la calle, conviene no olvidarlo.

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