Aquende se abre ante nosotros una de esas semanas que Sevilla no mide con relojes, sino con latidos. Días, fracciones temporales de un calendario que se agota, que no transcurren: avanzan con la gravedad dulce de lo esperado, como si la ciudad entera caminase con paso contenido hacia un umbral que conoce bien desde hace centurias.
Porque esta septenaria que ahora comienza no es sino la antesala solemne de la palabra que, cuando se pronuncia, despierta en el reino una emoción antigua y poderosa. Las calles, aún serenas, florecen anaranjadas parecen ya presentir lo que está por venir; en las casas hermandad se redoblan las labores calladas, en los templos se afinan devociones y en las tertulias se adivina ese brillo en los ojos que sólo aparece cuando la ciudad presiente su destino.
Y llegará entonces la hora señalada en el noble recinto del Teatro de la Maestranza, donde Sevilla acostumbra a escuchar, cada año, la voz que habrá de anunciar su Semana Santa. Bajo su cúpula solemne, cuando el pregonero eleve sua vocablos encadenados, no hablará únicamente un hombre; hablará una ciudad entera, con su memoria, su fe y su manera única de entender la vida y lo eterno.
Bien sé yo —Rey Santo, conquistador de estas tierras y servidor del Altísimo en ellas— que pocas ceremonias poseen la hondura espiritual de ese instante. Porque el pregón no es sólo oratoria ni mero adorno literario: es la llave que abre la puerta invisible por la que Sevilla entra, con paso firme y corazón tembloroso, en su tiempo más sagrado.
Tras esa proclamación, ya nada será igual. El aire mismo parecerá distinto; las campanas sonarán con otro eco; y en cada esquina comenzará a respirarse ese perfume inconfundible donde se mezclan el incienso, la cera y la emoción de un pueblo que vuelve a reconocerse en sus tradiciones.
Así pues, dejemos que discurra esta pléyade angustiosas de fechas con la dignidad de las vísperas grandes. Que Sevilla, como dama antigua y sabia, se prepare para mirarse una vez más en el espejo de su fe.
Y cuando el pregón resuene en el corazón de la ciudad, sabremos —sin necesidad de almanaque alguno— que la primavera ha tomado ya las llaves de Sevilla y que la Semana Santa, majestuosa y eterna, comienza a caminar hacia nosotros.
Dios guarde a Sevilla y bendiga a sus gentes sempiternamente felices.
