En este día en que los siglos parecen inclinar la cerviz ante la dignidad de la mujer, tomo la pluma con la misma reverencia con que un monarca besa el pendón de su ciudad, para rendir tributo a la mujer trabajadora sevillana, esa estirpe firme y luminosa que ha sostenido la vida con manos humildes y corazón indómito.
Mucho antes de que los pregones modernos hablaran de igualdad, ya nuestras abuelas sevillanas —esas reinas sin corona— levantaban los hogares con el tesón callado de quien sabe que su esfuerzo es la argamasa invisible de la historia. Entre patios encalados, azoteas donde el sol cae como una bendición y calles donde el azahar anuncia la primavera, ellas cosieron el porvenir puntada a puntada, entre fatigas, silencios y una dignidad que ni el tiempo ni la adversidad lograron doblegar.
Bien lo sé yo, Fernando, Rey y Santo, que fui hijo de una mujer de temple extraordinario: mi madre, doña Berenguela, cuya inteligencia y firmeza gobernaron destinos con más sabiduría que muchos cetros. Y bien lo comprendí también junto a mis nobles esposas, doña Beatriz de Suabia y doña Juana de Ponthie, mujeres de linaje y virtud que supieron que la grandeza no reside únicamente en la sangre, sino en el carácter y en la rectitud del espíritu.
Mas hoy mi recuerdo se posa con especial ternura sobre las hijas de Sevilla, herederas de aquellas abuelas que madrugaban cuando aún la ciudad dormía y que, sin discursos ni proclamas, sostuvieron generaciones enteras con la fuerza callada de quien ama profundamente la vida. En sus manos curtidas habitaba la esperanza; en su mirada, la firme determinación de abrir caminos para las que habrían de venir.
Y ved ahora cómo esa semilla ha florecido. La mujer sevillana de nuestros días camina con paso firme por los mismos adoquines donde sus antepasadas dejaron huella. Trabaja, estudia, enseña, crea y levanta su voz con nobleza para reclamar lo que en justicia le pertenece: la igualdad, la dignidad y el reconocimiento pleno de su valía.
