Yo, Fernando, Rey y Santo por la gracia del Altísimo, sin Cabalgata conmemorativa ni jinetes circenses, ni melenudos actores, que contemplo desde lo izado de los siglos la ciudad que conquisté con fe y paciencia, no puedo sino proclamar —con legítimo orgullo de padre antiguo— lo guapa que se está poniendo Sevilla en esta Cuaresma que ya huele a eternidad cercana.
No es hermosura de afeite ni artificio; es belleza que brota como el azahar temprano, discreta y perfumada, prendida en los naranjos que escoltan plazas y callejas. La luz, que comienza a templarse con indulgencia primaveral, acaricia las fachadas encaladas y las vuelve más puras, más sevillanas, más mías.
En las casas de hermandad, donde el tiempo adquiere gravedad litúrgica, se afanan manos fieles que bruñen la plata como quien pule un recuerdo; que repasan terciopelos como quien recompone una historia; que susurran plegarias mientras ajustan varales y enderezan ciriales. Hay un silencio sonoro en esos recintos: el del deber cumplido sin alharaca, el de la devoción que no necesita aplauso.
Sevilla, en Cuaresma, no corre: se recoge. Se adorna sin ostentación, se prepara sin estrépito, se embellece como doncella consciente de que pronto será mirada por el mundo entero. Y yo, que fui rey de ejércitos, confieso que pocas conquistas me parecieron tan arduas como la de esta espera paciente que cada año se renueva.
El incienso aún no ha tomado las calles, pero ya se presiente en la memoria. Las cornetas todavía no rasgan el aire, mas el corazón las escucha. La primavera asoma con timidez y, como cómplice fiel, le tiende a Sevilla un manto de claridad nueva.
¡Qué guapa estás, Sevilla mía!
Preámbulo de tu Semana Santa, espejo de fe y costumbre, promesa de redención y belleza.
