En los umbrales de la Cuaresma

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Aquende hallose este Rey Santo, por la gracia del Altísimo y su bendita Madre -pluma en mano-, en la apertura espiral del vetusto pergamino encontrado para enaltecer y sentenciar, promulgando las bondades del buen cofrade.

Cuando el almanaque, con ademán solemne y pulso inexorable, rasga la última carcajada del invierno y nos conduce hasta el tempo ansiado, adviene a nuestros reinos del alma la sagrada estación de la Cuaresma. No llega con estrépito, sino con ese silencio antiguo que huele a cera recién abierta y a madera que despierta del letargo.

La casa hermandad —ese cenáculo donde el fervor se hace tarea— comienza a latir con redoblado empeño. Allí, bajo la luz amarillenta de los talleres y el susurro cómplice de las conversaciones quedas, se urde el milagro cotidiano: manos que pulen la plata hasta devolverle la dignidad del relámpago; dedos que repasan bordados como si acariciaran la memoria de generaciones; miradas que miden cada detalle con la exactitud del amor que no consiente descuido.

¡Oh, nobles servidores de vuestros Titulares!

Vosotros, que sin trompeta ni pregón os entregáis a la obra callada, sois la savia invisible que sostiene la grandeza visible. Mientras el mundo corre apresurado hacia lo efímero, vosotros permanecéis, custodios de lo eterno, inclinados sobre enseres, inventarios y proyectos, con la firme convicción de que cada hilo cuenta y cada gesto suma.

En estas fechas, las casas se tornan colmenas de devoción. Se escuchan martillos que ajustan lo que el tiempo aflojó, se levantan inventarios como quien enumera tesoros del espíritu, se ensayan acordes lejanos que anticipan la inminencia de la Semana Mayor. Y en cada rincón, una certeza: que la belleza no es vanidad, sino ofrenda; que el esplendor no es lujo, sino lenguaje.

Porque engrandecer a los Titulares no es cuestión de ostentación, sino de justicia amorosa. Es devolver, en la medida humana, lo que de lo Alto se recibe sin medida. Es proclamar, con oro, terciopelo y disciplina, que la fe no se esconde ni se empobrece, sino que se reviste con lo mejor que el corazón y la historia pueden ofrecer.

Yo, Fernando, sempiterno custodio de este bendito Reino, que conocí las lides del mundo y el peso del cetro, confieso que no hay empresa más alta que la de servir con humildad a lo sagrado. Y en cada cofrade que ajusta un varal, en cada prioste que vela hasta la madrugada, en cada hermano que aporta su tiempo, su ingenio o su silencio, contemplo la nobleza de un pueblo que no negocia su herencia.

Sea, pues, esta Cuaresma tiempo de recogimiento y de obra; de introspección y de martillo; de oración y de hilo firme. Que las casas de hermandad sigan siendo faros encendidos en la penumbra del calendario, y que quienes se desviven por sus Titulares reciban el honor que no buscan, pero que sobradamente merecen.

Así lo declaro, exaltando con vocablo antigu y corazón despierto, en los días santos que ya asoman tras la ceniza.

Sean exprimidores de fervor y superlativamente felices.

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