En la despedida del Dios Momo y la bienvenida a Doña Cuaresma

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En esta fracción horaria en que el calendario, sabio y severo, severo y rotundo, rotundo y feroz, muda su piel festiva, abandonado los coloretes y el tipo por el hábito morado de la introspección, comparezco ante mi reino oyente y muy lector para anunciar, promulgando con voz aterciopelada, templada y tan contundente como el propio calendario y corazón sempiternamente despierto, que el Dios Momo se retira entre ecos de risas y serpentinas ya vencidas.

Momo, príncipe de lo efímero, señor de la máscara, del desenfreno y del desenfado, ha reinado por días en las plazas y en los ánimos, concediendo licencia al júbilo, al ingenio punzante y a la ironía que, cual espejo burlón, nos devuelve nuestras propias flaquezas. Sea despedido, pues, con gratitud, porque también la risa es un don que humaniza y hermana.

Mas el tiempo —ese monarca invisible que a todos gobierna— nos convoca ahora a otro compás. El venidero Miércoles de Ceniza abrirá sus puertas con la discreción de quien no necesita estrépito para imponer respeto. Y con él, hará su entrada Doña Cuaresma: dama austera, de mirada honda y paso sereno.

Doña Cuaresma no viene a apagar la alegría, sino a depurarla. No viene a imponer silencio estéril, sino a sembrar reflexión fecunda. Es periodo preparatorio, antesala solemne de nuestra Septenaria Santa y más sagrada, ese tesoro espiritual y cultural que Andalucía guarda como quien custodia una reliquia viva. Son días de recogimiento, de examen interior, de reconciliación con lo esencial.

Porque si el Carnaval nos enseñó a reírnos de nosotros mismos, la Cuaresma nos invita a mirarnos sin máscara; si Momo nos dio el brillo de la chispa, Doña Cuaresma nos ofrece la llama constante que no se apaga con el viento.

Que cada cual, en su fuero íntimo, disponga su espíritu como quien engalana una estancia para una visita ilustre. Que el polvo de la ceniza nos recuerde nuestra fragilidad, y al mismo tiempo,

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