Yo, Fernando, Rey y Santo por la gracia del Altísimo, que vi al Guadalquivir crecerse como corcel desbocado y al Atlántico golpear con saña las murallas invisibles de Cádiz, doy a la data presente testimonio manuscrito de dos tormentas que, no contentas con descargar agua y viento, sembraron zozobra, ruina y desvelo en las entrañas de Andalucía. Han sido días de cielos encapotados, de lluvias pertinaces —casi bíblicas— que no conocieron tregua ni misericordia, y que convirtieron calles en cauces, hogares en islas y campos fecundos en espejos turbios de impotencia.
En Sevilla, madre de torres y campanas sin azucenas, el agua se enseñoreó de barrios enteros, poniendo a prueba la paciencia del vecino y la fortaleza de lo cotidiano. En Cádiz, vigía perpetua del mar, el viento y la lluvia conspiraron con la sal para recordar a los hombres que la naturaleza no entiende de calendarios ni de promesas humanas. Caminos rotos, comercios heridos, jornales perdidos y noches en vela fueron el precio pagado por un pueblo que no pidió esta batalla, pero que no rehuyó afrontarla.
Y, sin embargo —he aquí lo verdaderamente digno de ser escrito—, Andalucía no se va a quebrar, porque este pueblo, heredero de fatigas seculares, sabe levantarse con el barro aún prendido en las botas y la dignidad intacta en la mirada. Vi manos tendidas antes que lamentos, vecinos auxiliando a vecinos, voluntades anónimas haciendo de dique cuando fallaron los muros. Vi al andaluz sufrir, sí, pero jamás rendirse.
Sea, pues, este manuscrito no solo crónica del daño, sino elogio del esfuerzo. Que quede constancia de que, aun bajo la lluvia más obstinada, Andalucía permanece en pie, sostenida por la nobleza callada de su gente. Porque pasan las tormentas —todas pasan—, pero el temple del pueblo andaluz, forjado en agua, sol y memoria, permanece como roca firme frente al infortunio.
Así lo dejo manuscrito, con palabrería grave y corazón rendido ante mi pueblo.
