Lo sobredimensionado de la fe del costalero

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Soy yo, Fernando, Rey y Santi por la gracia del Altísimo y su bendita Madre, quien toma la pluma —no sin cierta gravedad en el pulso— para dejar constancia de un signo de los tiempos que merece reflexión pausada y verbo templado.

Hay cifras que no son números, sino presagios. Y hay multitudes que no son gentío, sino espejo. Cuando llegaron a mis oídos —como rumor de campanas graves— las nuevas de que setecientos aspirantes a costaleros se congregaron en la igualá de la excelsa Macarena, comprendí que el mundo cofrade, ese venero antiguo de fe popular y disciplina heredada, ha traspasado una frontera invisible.

No hablo aquí de exceso, sino de sobredimensión; no de devoción menguada, sino de fervor desbordado, que al no hallar cauce suficiente amenaza con perder su hondura. Pues toda grandeza, cuando crece sin medida, corre el riesgo de trocarse en ruido; y toda tradición, si no se guarda con celo, y recelo, puede tornarse espectáculo.

Siete centenas de hombres, alineados con noble anhelo bajo las bóvedas del templo basilical, no son en sí motivo de escándalo, sino de asombro reverente. Mas conviene preguntarse —con la serenidad del que ama lo que contempla— si el anhelo de portar un paso ha pasado, en algunos pechos, de ser servicio callado a afirmación pública; de penitencia discreta a aspiración casi multitudinaria. Porque el costal no es galardón ni tribuna: es yugo humilde, es silencio obediente, es herencia transmitida de espalda a espalda y de alma a alma.

La Macarena, niña de San Gil, madre de Sevilla y bálsamo de sus madrugadas, no necesita cifras para ser eterna. Su grandeza no se mide por colas interminables ni por listados imposibles, sino por la calidad del sacrificio y la pureza de la intención de quienes se postran —con sudor y promesa— bajo sus andas. Cuando la cantidad amenaza con eclipsar al sentido, es deber de los custodios del rito recordar que no todos los caminos llevan al costal, ni toda vocación se consuma bajo un faldón.

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