Por todas esas vidas que se marcharon

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Yo, Fernando, Rey y Santo por la gracia del Altísimo y su Bendita Madre, alzo hoy el vocablo no como cetro de mando, sino como báculo de consuelo, y la deposito —grave y tembloroso— junto a Lobera, sobre la memoria de los andaluces, y muy señaladamente a ese sevillano, que en esta septenaria aciaga vieron truncado su caminar por el inapelable designio del infortunio ferroviario.

Sean estas líneas sudario de fonemas escritos para quienes partieron de la estación de esta vida sin aviso, cuando aún el reloj no había terminado de pronunciar la hora y la vida, siempre frágil, se creía segura en su curso cotidiano. Porque así es la existencia humana: un soplo breve, un tránsito confiado que, en un latido, puede ser reclamado por lo imprevisible. Ninguna muralla, ningún hábito, ninguna certeza nos libra del azar que, silencioso, aguarda su momento.

Llora Andalucía con llanto hondo y antiguo, y Sevilla, madre de dolores y de esperanzas, inclina sus torres y aquieta inquietas sus campanas, repicando a Réquiem. Llora por los nombres que ya no responden, por las manos que quedaron suspendidas en el gesto, por los hogares donde el pan quedó partido a la mitad y la espera ya no tendrá respuesta.

Mas no todo es tiniebla en la hora del duelo. Porque la memoria, cuando es justa y compartida, se convierte en semilla. Y que nadie dude: mientras un pueblo recuerde, nadie muere del todo. Vivan, pues, en la oración del creyente y en el respeto del que no lo es; vivan en la solidaridad que brota en la desgracia y en la promesa —siempre imperfecta, pero necesaria— de velar por la vida ajena como por la propia.

A los que partieron, descanso.

A los que quedan, abrazo.

Y a todos nosotros, mortales de paso breve, la lección severa y eterna: que la vida no se posee, se custodia, y cada segundo es un don que puede ser el último.

Así lo dejo escrito, no como Rey victorioso, sino como hombre consciente de su pequeñez ante el misterio del tiempo.

Dibujo: Marta García Escribano.

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