Yo, Fernando, Rey y Santo por la gracia del Altísimo y su Bendita Madre, izo a la fecha presente, Lobera y mi voz escrita para honrar a San Antonio Abad, varón de áspera penitencia y corazón anchuroso, guardián humilde de las criaturas que no hablan, pero sienten; que no gobiernan, pero acompañan y dando tanto amor que nos instauramos en el carácter imposible de la comprensión humana.
San Antonio, anacoreta del desierto y patriarca del silencio, entendió antes que muchos que el mundo no fue entregado al hombre para su tiranía, sino para su custodia. A su vera, el animal no fue siervo ni adorno, sino hermano menor en la creación, compañero fiel en la intemperie de la existencia. Bajo su amparo, el cerdo dejó de ser simple sustento y pasó a ser símbolo; la bestia se volvió enseñanza y la mansedumbre, doctrina.
Y cómo no recordar, en esta Sevilla mía —noble, antigua y fragante de historia— a mi anhelado lagarto, saurio sempiterno de la Santa y Metropolitana Iglesia Catedral, criatura fabulosa que cuelga entre la fe y la leyenda como testigo inmóvil del asombro. No importa si fue dragón, cocodrilo o quimera traída de lejanías: lo cierto es que Sevilla lo adoptó como signo de que incluso lo extraño puede hallar cobijo bajo bóvedas sagradas. Aquel animal suspendido nos recuerda que la ciudad no solo se edificó con piedra y rezo, sino también con relato, con temor y con ternura.
Mas no son solo los seres extraordinarios los que hoy convoco, sino todos aquellos animales que, sin ruido ni gloria, son, han sido y serán fieles amigos de la humanidad: el perro que guarda, el caballo que lleva, el gato que mima y ronronea, el buey que labra, el ave que anuncia la aurora y hasta el más pequeño de los seres que, con su humilde latido, sostiene el equilibrio del mundo. Ellos han compartido guerras y hambres, caminos y hogares, sin exigir más recompensa que una caricia o un rincón de sombra.
Por ello, bendito sea San Antonio Abad, que nos enseñó a mirar a los animales no desde la soberbia, sino desde el respeto; no como cosas, sino como criaturas. Que su memoria nos recuerde que la grandeza del hombre no se mide solo por sus conquistas, sino por la forma en que trata a quienes dependen de su mano.
Y si alguna chanza me es permitida —que hasta los reyes santos la concedemos— diré que quizá los animales, con su lealtad silenciosa, comprendieron antes que muchos hombres el verdadero sentido de la fidelidad.
Así lo dejo escrito, con tinta antigua y ánimo sereno, para honra del santo y consuelo del mundo creado mientras deseo que la felicidad plena se instaure en la totalidad de la sevillanía.
