Yo, Fernando, Rey y Santo por la gracia del Altísimo, servidor de la Fe y custodio eterno de esta muy noble, muy leal y siempre augusta ciudad de Sevilla, hago saber a cuantos este edicto vieren y oyeran:
Que llegada es la víspera más esperada del calendario del alma; que las estrellas han dispuesto su concierto y el firmamento ha señalado el camino; y que, conforme a la antigua y gozosa costumbre, corresponde a esta Corona abrir las puertas del corazón de la ciudad para acoger el prodigio.
Por tanto, entrego solemne y públicamente las Llaves de Sevilla al Heraldo Real, mensajero fiel y lengua diligente, para que, en mi nombre y con autoridad concedida, las haga llegar a Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente —Melchor, Gaspar y Baltasar—, sabios entre los sabios, portadores de luz, esperanza y presentes.
Con dichas llaves, queden franqueadas las murallas visibles e invisibles; los arcos de piedra y los de la ilusión; las plazas y los hogares; y muy señaladamente, los sueños de todos los infantes del reino, sin distinción alguna, pues en ellos habita el porvenir.
Mando y ordeno que Sevilla se disponga con júbilo sereno, que las calles se llenen de asombro y que el aire mismo huela a promesa cumplida, para que Sus Majestades, siguiendo Estrellado haz luminoso, hagan su entrada triunfal y derramen regalos, sonrisas y esa magia antigua que ni el tiempo ni el olvido han logrado vencer.
Y para que así conste, firmo el presente Edicto, sellándolo con mi palabra de Rey y mi conciencia de Santo, en Sevilla, guardiana de maravillas, cuando la noche se inclina reverente ante la estrella.
Fernando, Rey y Santo, sempiterno morador catedralicio que anhela felicidad superlativa plena.
Fotografía: Ateneo de Sevilla.
