Yo, Fernando, Rey y Santopor la gracia del Altísimo, dejo que a la data presente no sea mi voz la que verse, promulgue y exalte, sino la de las montañas antiguas de Montserrat, aquellas que el Altísimo, en su divina hazaña creadora, alzó como dedos de piedra señalando el cielo, para que sean ellas —roca orante, cumbre milenaria— quienes proclamen la hermosura sin término de la Virgen sevillana de Montserrat.
Hablan las peñas, y en su ronco murmullo recuerdan el milenario acto con que el abad Oliva consagró el cenobio, sellando con oración y silencio una alianza eterna entre la altura y la fe. Mil años han pasado, y aún resuena aquel gesto como eco sagrado en los pliegues del tiempo; cuatro siglos y veinticinco años más tarde, Sevilla recoge esa herencia y la vuelve carne, luz y devoción.
Dicen las montañas que han visto amaneceres sin número, que ninguna aurora les ha sido tan grata como la que brota del rostro de la Virgen de Montserrat cuando, ya sevillana por amor, se alza entronizada en el palio glorioso de Nuestra Señora del Rosario de Montesión. Y se admiran las cumbres, pues la roca, siendo firme, aprende de Ella la suavidad; y el silencio, que siempre fue su lengua, se torna alabanza.
¡Oh Montserrat bendita!, que nacida en la aspereza catalana te haces ternura bajo el cielo hispalense. En ese palio, que es firmamento bordado, avanzas no por senda de monte, sino por nave de incienso y plegaria, llevando en tus manos la historia compartida de dos tierras unidas por la fe. Las montañas, que nunca caminan, confiesan hoy su envidia: quisieran moverse como Ella se mueve, majestuosa y serena, sin perder un ápice de eternidad.
Yo, Rey, Santo y siervo, doy fe de que en esta conjunción de aniversarios —el milenario del cenobio y el cuatrocientos veinticinco de su arraigo sevillano— no hay cifra vana, sino providencia. Porque Dios Padre crucificando a su Hijo en el monte de la Conversión allá por la Plaza de la Magdalena,escribe con números lo que los hombres solo alcanzamos a entender con símbolos, y la Virgen los convierte en consuelo.
Así, Montserrat habla a Sevilla, y Sevilla responde con el latido de Montesión. Y entre la piedra antigua y el palio vivo, entre el monasterio y la calle, queda proclamada una verdad que ni el tiempo ni el olvido podrán erosionar: que María, bajo el nombre de Montserrat, es puente entre alturas y llanuras, entre siglos y presentes, entre la severidad del monte y la dulzura del corazón humano.
Dicho queda, con reverencia real y devoción sincera, para gloria de Dios y honra perpetua de su Bendita Madre, la Virgen María.
Sean felices y gocen con el recuerdo guardado de lo vivido.
