María, la fe del pueblo y el deber de la memoria

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El reciente pronunciamiento del Vaticano sobre los títulos marianos reabre un viejo debate entre teología y devoción. En Sevilla, Ciudad Mariana por decreto pontificio, esa reflexión tiene un eco especial.

No hay figura más presente en la historia de la fe que aquella que enseñó al mundo a decir “sí” a Dios. Su nombre ha sido refugio, consuelo y esperanza para generaciones enteras. Cuando el Vaticano recomienda evitar expresiones como “Corredentora” o “Mediadora de todas las gracias”, no estamos ante un matiz meramente técnico: se toca la devoción de millones que la sienten como Madre.

El magisterio debe precisar; el pueblo creyente, recordar. El Concilio Vaticano II dijo que María “cooperó a la salvación con fe y obediencia libres”, situando su papel en el plan divino sin confundirlo con la mediación única de Cristo. San Juan Pablo II desarrolló esta idea en Redemptoris Mater, donde explica que su mediación es “materna y subordinada”: expresión de cercanía, no de competencia. La doctrina marca límites, pero también debe tender puentes con la piedad popular.

La teología —y en ella las facultades, como la de San Isidoro en Sevilla— no puede hablar de espaldas al pueblo. Su tarea no es corregir desde arriba, sino explicar desde dentro. La devoción no se elimina con un documento; se acompaña con comprensión y respeto.

Sevilla es ejemplo vivo de esa convivencia entre doctrina y devoción. Proclamada Ciudad Mariana por decreto pontificio en la inmediata posguerra, no recibió ese título como adorno, sino como reconocimiento de una larga historia de fe. Aquí, la devoción a la Virgen se ha expresado en procesiones, obras de arte y compromisos públicos. En 1615 la Hermandad del Silencio juró “creer, proclamar y defender, hasta derramar la sangre, si preciso fuese” las verdades sobre María. Ese texto, conservado en sus archivos, no es mera retórica: testimonia una forma seria y profunda de entender la fe.

Cuando Roma aconseja prudencia en el uso de ciertos títulos, la respuesta razonable no es el silencio dolido, sino el diálogo sereno. Aclarar que Cristo es el único mediador no impide reconocer la cooperación maternal de la Virgen. Hay que enseñar sin herir y explicar sin borrar.

Teología y pastoral se encuentran en un punto común: el cuidado del pueblo y el respeto a su memoria. En Sevilla —como en tantos otros lugares— el nombre de María no es objeto de disputa, sino presencia cotidiana. Cuidar la verdad doctrinal es imprescindible; custodiar la memoria popular, igual de necesario. La Iglesia debe enseñar, pero sin olvidar que la fe del pueblo es su rostro más humano.

Y conviene recordarlo con claridad: si se pierde el respeto a la devoción mariana, se fractura el corazón mismo del pueblo creyente. Nadie desde un despacho puede dictar a los fieles cómo deben amar a su Madre. La teología que corrige sin escuchar, divide. La Iglesia que olvida de dónde viene, se aleja de quienes la sostienen cada día. Porque María no se defiende con notas ni con teorías: se defiende con fe, con historia y con verdad.

Mientras Roma pensaba, Sevilla ya creía. Mientras discutían teólogos, aquí bajaban los ángeles por Triana. Y por eso, aunque lo digan en latín o en decreto, fue Sevilla quien primero gritó su verdad: que la Virgen fue Inmaculada desde el principio. Porque antes que Roma… mi Sevilla la proclamó.

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