En el Nombre de Dios Omnipotente, a quien Sevilla se postra y Triana eleva incienso de alabanzas, Yo, Fernando, Rey Santo por la gracia del Altísimo, siervo indigno de la Cruz y custodio de este reino, el cual Él y su bendita madre me entregaron, hago saber cuanto sigue.
Sea proclamado con voz clara y solemne que la Hermandad de Las Aguas, nacida hace ya doscientos setenta y cinco años en el regazo fecundo de la fe, conmemora su gloriosa fundación mediante sagrado Via Crucis, trayendo de nuevo a sus Amantísimos Titulares hasta el arrabal de Triana, al venerable templo de San Jacinto para a posteriori, facer caminata triunfal por el barrio de sus abuelos hasta llegar al Arenal donde es venerada y amada por sus hijos.
Y ved cómo en este tránsito sacro, el río Guadalquivir, cauce de historia y frontera de reinos, se torna en camino de unión, pues por sus orillas marchan hijos y nietos de Sevilla con cirios encendidos y cánticos de contrición. No hay piedra ni puente que no sienta la reverberación del fervor, ni balcón que no se incline reverente al paso del Cristo de las Aguas y de su Santísima Madre. ¡Vistan de alfombras sagradas ese Puente trianero que una de sus hijas está de vuelta!
Proclamo, pues, que este regreso es memoria viva de siglos de devoción, testimonio de la fuerza que sostiene a los pueblos y sello de identidad de esta noble ciudad. Que el Señor de las Aguas, manantial de Gracia y Salvador del mundo, derrame bendición abundante sobre Sevilla y su Triana; y que la Virgen Santísima, su Madre, guíe con mano firme a cuantos buscan la luz en medio de las tormentas.
Así lo ordeno, así lo proclamo, y así quede escrito en las páginas de la eternidad.
Aquende reconquistador exijo la felicidad para mi reino y la totalidad de sevillanos que la pisan.
