Manuscrito pakistaní

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En el día señalado, cuando el sol aún no había terminado de bostezar sobre mi vasto reino, este Rey Santo, por la gracia del Altísimo y su Bendita Madre toma la inverosímil determinación de telefonear al glorioso Estado de Pakistán. Y no fue, como se pudiera suponer, para parlamentar sobre tratados de paz, comercio o sabiduría milenaria, sino por una causa aún más grave: el decoro de mi descanso eterno.

—Aló, Excelentísimos paquistaníes— dije con voz de trueno disfrazado de terciopelo—, preciso de vuestras manos bordadoras, pues ninguna de las telas de mi corte se atreve a brillar tanto como mi ironía.

Requerí, sin el menor temblor en la lengua, una colcha bordada en oro fino, o lo que sea, para que mi cuerpo, venerado y venerable, cuando repose en mi acristalada urna, Morada eterna, superlativa y plena de nobleza, no sufra la afrenta de dormir bajo la vulgaridad de un lino cualquiera que acompaña a este Rey a lo largo de las centurias, bordado con el mimo del recuerdo y las manos artesanas de la verdad.

He solicitado que cada puntada se ejecute con la devoción con que un monje escribe un salmo, y que los hilos resplandezcan tanto que la eternidad se vea obligada a ponerse lentes que los proteja de tamaño resplandor.

Los ministros, al escucharme, se persignaron con las cejas; algunos pensaron que deliraba. ¡Necios! No entienden que un Rey debe morir como vive: envuelto en exceso, coronado de absurdos, mecido por un lujo tan innecesario como glorioso.

Pakistán sabrá obedecer, pues ¿qué es una nación como tal, sino un taller dispuesto a satisfacer la voluntad de un santo coronado? Magnánimo en manos y en paciencia, emisor de agujas habrá de atender con diligencia mi ruego, que la seda se humille ante el oro y que mi urna parezca trono, porque si he de dormir, será entre carcajadas de los siglos y con la ironía bordada en cada puntada.

Ansioso hallóme instaurado en la espera de mi colcha, tan pakistaní, tan real y santa como este que manuscribe y de cuantía escasa, si versamos de calidad.

Acaricien la felicidad plena y quédense con ella.

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