La Iglesia celebra en este 22 de agosto la Realeza de María. Esta Verdad Fundamental fue proclamada en el año 1954 por el papa Pío XII.
Se señala a la Madre de Jesús como como Reina y Señora del Cielo y de la Tierra: «María es Reina por su Divina Maternidad y en su función de ser colaboradora en la obra de la Redención del género humano».
La Cena, pionera en defender la Realeza de María
Curiosamente, la Hermandad de la Cena fue la pionera que defendió este dogma. Fue el 22 de febrero de 1948, seis años antes y durante su función principal de instituto, se realizó por vea primera la proclamación de la Realeza de la Virgen María.
Ya en 1954 se bendijo la primera bandera de la Realeza del orbe mundial, que llevó el miembro de la junta de gobierno, Miguel Román, participando de la peregrinación de las cofradías sevillanas al Vaticano para este acontecimiento.
Cabe recordar que en el año 2004 se celebró el 50.º aniversario de su proclamación con la salida extraordinaria de la Virgen del Subterráneo a la catedral hispalense. Cada 22 de agosto, la corporación celebra una misa en honor a la Realeza de María.
Fundamento teológico de la Realeza de María
La Realeza de María está fundamentada por dos fundamentos teológicos.
Por una parte, está por su Divina Maternidad. Es el fundamento principal, pues la eleva a un grado altísimo de intimidad con el Padre celestial y la une a su divino Hijo, que es Rey universal por derecho propio.
En la Sagrada Escritura se dice del Hijo que la Virgen concebirá: «Hijo del Altísimo será llamado Y a El le dará el Señor Dios el trono de David su padre y en la casa de Jacob reinará eternamente y su reinado no tendrá fin» (Lc. 1,32-33). Y a María se le llama «Madre del Señor» (Lc. 1,43); de donde fácilmente se deduce que Ella es también Reina, pues engendró un Hijo que era Rey y Señor de todas las cosas. Así, con razón, pudo escribir San Juan Damasceno: «Verdaderamente fue Señora de todas las criaturas cuando fue Madre del Creador» (cit. en la Enc. Ad coeli Reginam, de Pío XII, 11-X-1954).
Por otra, por ser colaboradora en la obra de la redención del género humano. La Virgen María, por voluntad expresa de Dios, tuvo parte excelentísima en la obra de nuestra Redención. Por ello, puede afirmarse que el género humano sujeto a la muerte por causa de una virgen (Eva), se salva también por medio de una Virgen (María). En consecuencia, así como Cristo es Rey por título de conquista, al precio de su Sangre, también María es Reina al precio de su Compasión dolorosa junto a la Cruz.
«La Beatísima María debe ser llamada Reina, no sólo por razón de su Maternidad divina, sino también porque cooperó íntimamente a nuestra salvación. Así como Cristo, nuevo Adán, es Rey nuestro no sólo por ser Hijo de Dios sino también nuestro Redentor, con cierta analogía, se puede afirmar que María es Reina, no sólo por ser Madre de Dios sino también, como nueva Eva, porque fue asociada al nuevo Adán» (cfr. Pío XII, Enc, Ad coeli Reginam).
