Cuando el pedestal se convierte en ruina

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Corría el año 1993, en sus últimos días, cuando España despertó con una noticia que marcaría el final de una era financiera: el gobernador del Banco de España, Luis Ángel Rojo, intervenía Banesto, entonces la entidad bancaria más poderosa y emergente del país. Al frente, Mario Conde, símbolo del éxito fulgurante de los años noventa, iniciaba un calvario judicial del que nunca saldría indemne. A partir de entonces, comenzaron a aflorar las tramas de corrupción que lo habían catapultado a la cima.

Cuando una figura poderosa cae, los mecanismos de protección se desactivan: los medios dejan de cubrir, los enemigos hablan, y los silencios se rompen. Es entonces cuando emerge la verdad.

En una escala aún mayor, y en ese mismo contexto histórico —las décadas de los 80 y 90—, el rey emérito Juan Carlos I pasó de ser el monarca campechano a protagonizar titulares que hablaban de presunta corrupción, amantes, cuentas opacas y escándalos que antes ni se murmuraban. Casi de la noche a la mañana, su popularidad se desplomó. Los medios comenzaron a publicar lo que durante décadas habían silenciado; incluso políticos afines se atrevieron a cuestionarlo en público. Otra vez: cuando el pedestal se tambalea, todo cae con él.

Salvando las distancias, algo parecido ha ocurrido en Sevilla con el catedrático Francisco Arquillo. Nací en 1980 y he vivido siempre en el barrio de la Macarena. Durante toda mi vida, Arquillo fue «el médico de la Virgen», una figura respetada en la basílica, casi intocable. La salud de la Esperanza Macarena, creíamos, estaba en las mejores manos.

Un sábado, a las nueve de la mañana, cuando la basílica abrió sus puertas, el mito se desplomó —metafóricamente— en una imagen que recordó a aquel icónico momento en el que la estatua de Saddam Hussein fue derribada en Bagdad. “¿Por qué han hecho eso?” fue la pregunta que muchos se hacían al entrar en el templo.

El impacto ha sido evidente, y no corresponde a este artículo detenerse en ello. Han sido múltiples los expertos que han explicado cómo se ha llegado a este punto. Lo que llama la atención es el cambio en la narrativa pública: el catedrático que abrió camino a la restauración científica en Sevilla, el formador de varias generaciones de profesionales, aparece ahora como un personaje que, según informes especializados, habría comprometido el patrimonio no solo de la Hermandad de la Macarena, sino de muchas otras imágenes.

Y ahora, todo se dice en voz alta. Sin reparos. Con los focos de los platós encendidos, los micrófonos abiertos y en las portadas de los diarios. Lo que antes se susurraba en privado, hoy se expresa sin rodeos. Con casi toda seguridad, la familia Arquillo ya forma parte del pasado en el mundo cofrade, y será difícil que recupere el prestigio que antaño tuvo. El informe del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico ha sido claro: la situación de la Esperanza Macarena es grave.

El que hasta hace unos meses era «el médico de la Virgen» es ahora una figura demonizada, convertida en el antagonista del relato. En la era de las redes sociales y la hipercomunicación, el prestigio se esfuma más rápido que nunca. Los pedestales, por muy altos que parezcan, siempre tienen grietas invisibles.

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