En el nombre del Altísimo y de su bendita Madre de la Estrella, este Rey Santo, en mi amor por el reino de Sevilla, la ciudad que Dios Padre me concedió liberar para su gloria, dejo manuscritas estos vivamos en vísperas de la semana en que el pregonero anunciará la Pasión de Nuestro Señor.
Sevilla, la joya de mi realeza, se alza en estos días con un fervor que sólo quien la ha pisado puede comprender. Dentro de siete fechas, en el gran Teatro de La Maestranza, un buen hombre hará suya la palabra para dar testimonio del misterio más grande que ha visto el mundo: la entrega del Hijo de Dios por la salvación de los hombres.
Siete días… como los que tardó el Creador en dar forma al mundo.
Siete días… como las veces que el agua bautismal nos purifica.
Siete días… para que los corazones de este pueblo se dispongan al llanto y al júbilo, a la pena y a la esperanza.
Vendrá el pregonero, con su voz encendida por la fe de nuestros mayores, con su verbo templado por el oro de los siglos, y anunciará lo que ya late en las entrañas de esta ciudad. Dirá de Triana y su Cachorro, de San Lorenzo y su Señor, del arrabal y la Salud del pueblo gitano, de la Macarena. Contará de túnicas que arrastran el peso de las promesas, de manos que se enlazan al paso del Nazareno de Pasión, de lágrimas que riegan las calles como lluvias de amor y de duelo.
Yo, Fernando, Real y Santidad, siervo de Dios, sé que el pregón ya resuena en el aire antes de ser pronunciado, porque Sevilla vive la Pasión antes de que se oiga la primera saeta. Que el pregonero, pues, eleve sus vocablos como incensario que se pierde en lo alto, y que su eco sea digno del cielo que cubre a esta Sevilla que es, y será sempiternamente, refugio de la fe y templo de la esperanza.
Sean felices y ultimen la totalidad menesterosa que la Septenaria más anhelado se acerca vertiginosamente.
