En el solar del olvido reposan la totalidad de hojas del almanaque de nuestra Primavera.
Todo lo que debía ser y es no lo es tal; Sevilla entristece cuando más alegre debe estar.
Este que manuscribe otea su entorno sentado en el banco donde la soledad, el desasosiego y la penumbra se hacen eco a horas donde el Astro homónimo hace ferviente y fehaciente aparición estelar en un dominical mal aun siendo EL DOMINICAL más ansiado.
Novedoso topetazo de realidad, azote en pleno dorso, golpetazo hiriente, puñetazo en la segunda mejilla. Aquende podría este Rey Santo enumerar centenar de cuestiones que ejemplarizantes, darían sentido a lo que vivimos.
No esperen infantes sonrientes con veracidad plena, ni dulces acaramelados, ni medallita ni estampa recordatoria en los bolsillos. No busquen por las callejuelas del reino porque no hallarán. No presten atención a los ecos al doblar una esquina porque no sonarán.
Los panes chorreantes de miel lagrimean de pena y no de dulzor mientras la Plaza se siente huérfana de sillas, palcos y sevillanía.
Los barrios se apagan sin encenderse. Las vecinas guardan en sus corazones las petalás para años venideros.
Domingo de Ramos, sí y este Rey Santo se encuentra sentado en su melancólico recuerdo y con la gratitud del ser dichoso que reconoce las bondades celestiales del Altísimo al permitirnos sentir esta amarga pena.
