Resulta curioso escuchar cada cierto tiempo el discurso de algunos iluminados que conviven dentro de mi sociedad acerca de temas que ni les va ni les viene.
Tienen esa necesidad social de compartir sus inquietudes intelectuales, sin preguntarnos al menos a los demás si necesitamos escuchar sus discursos vacíos y exentos de contenidos.
Expertos en desviar la atención y eludir sus responsabilidades con cortinas de humo, viven alojados en la continua confrontación de ideologías -esas que mastican entre odios y envidias-, y se les intuye removerse de sus catacumbas cuando la luna cambia de ciclo.
Pero hay que andarse con cuidado…
Sobre todo porque consiguen enervarnos y hacer que entremos al trapo de sus juegos sucios y ruines; y ahora la pieza que quieren eliminar del tablero es el crucifijo que cuelga de mi cuello.
Y se lo estamos poniendo en bandeja porque por desgracia, sólo nos tenemos a nosotros mismos para defender algo tan arcano e intangible como es nuestra fe,… ese pellizco que es capaz de mover montañas… pero incapaz de descorrer cerrojos y vidrieras…
Pero no van a poder conmigo, porque cada vez que escupen sobre las raíces de aquello en lo que creo,… más motivos me dan para poner la otra mejilla y aferrarme al horizonte donde empieza y acaba mi gloria.
Tengo esa suerte… Y con eso me basta.
La suerte de caminar por la vereda de Su verdad.
La suerte de anclarme a sus innumerables llagas cada vez que algunos de estos sanedritas vomitan por su boca miedos y falsas creencias.
La suerte de encontrar en su figura silente el abrazo que acalla al Barrabás que llevo dentro y que a veces prefiere callar haciendo mutis por el foro.
Desde mi pequeña parcela,… yo respeto sus ideales, apenas los pongo en duda, no los pisoteo ni los cuestiono… pero ellos… ellos se declaran en rebeldía cada vez que uno de los nuestros se persigna ante un azulejo macerado de promesas.
Quizás lo que les pase es que jamás han caminado por ese renglón torcido donde habita el perdón,…ese detalle que se escapa de las Sagradas Escrituras y que devuelve al hombre al barro del que nunca debió de escapar.
A todos ellos les aconsejo que detengan su ira ante el Señor Crucificado de la Salud, ese escarnio de la carne que la propia Historia es capaz de preservar con el paso de las primaveras.
Les propongo que comiencen por descifrar los lamentos con los que el aire embadurna cada mediodía las cicatrices de esa madera adormecida y quebrada por las negruras de la agonía.
Les sugiero que se detengan ante la sombra que en la Noche de Jesús se queda a dormir en los callejones de la memoria; bastan un par de miradas envueltas en silencio para saber que las huellas del camino a recorrer son más profundas de lo que a veces quedan remarcadas en nuestros recuerdos.
Yo de vez en cuando necesito detenerme ante esta talla de gubias y estucos para enumerar mis faltas y mis pensamientos, mis alegrías y mis descontentos, mis peticiones y mis arrepentimientos; nadie vive con el latido de la perfección bajo este manto de nubes.
Desde aquí os tiendo mi mano y os ofrezco lo más grande que tengo; si Él no remedia vuestros males,… sólo me queda desearos un feliz camino en vuestra búsqueda de la verdad.
Y única ultima cosita,… seguid con vuestra cruzada, que sobre una cruz de madera, tres clavos de imperfecciones y un paño de pureza hilvanado por el suspiro de la Belleza se sustenta lo que fui, lo que soy y lo que seré el día de mañana,… a pesar de vuestras cansinas ofensas.
